
Al diseñar una instalación fotovoltaica, uno de los parámetros determinantes es su eficiencia, entendida como la relación entre la energía eléctrica generada y la energía solar incidente sobre los módulos, siendo clave la optimización de este rendimiento.
En una instalación fotovoltaica convencional se emplean tradicionalmente módulos monofaciales, es decir, módulos que incorporan células fotovoltaicas únicamente en su cara frontal. En esta configuración, solo se aprovecha la radiación solar directa y parte de la difusa incidente sobre dicha superficie, mientras que la radiación reflejada por el terreno o por elementos del entorno no contribuye a la generación eléctrica.
Con el objetivo de superar esta limitación surgen los módulos bifaciales, que integran células fotovoltaicas tanto en la cara frontal como en la posterior. En este caso, la energía generada por la cara trasera proviene de la radiación solar reflejada (albedo) por el suelo o superficies próximas, que incide directamente sobre la parte posterior del módulo. Habitualmente, estos módulos presentan configuraciones vidrio-vidrio o encapsulados transparentes en la cara posterior que permiten la exposición de las células a dicha radiación reflejada, al tiempo que aportan mayor rigidez estructural y protección frente a agentes ambientales.
El aprovechamiento de la radiación reflejada permite incrementar la producción anual de energía eléctrica. En cubiertas urbanas típicas, con reflectancias medias, la ganancia puede situarse en torno al 8%. En instalaciones sobre suelo con superficies claras o altamente reflectantes, este incremento puede alcanzar valores próximos al 30 %, especialmente cuando se emplean seguidores solares que optimizan la orientación del módulo y favorecen la captación en ambas caras.
No obstante, para que la ganancia sea significativa, es necesario garantizar una altura suficiente respecto al terreno que permita que la radiación reflejada alcance de forma efectiva la superficie posterior. En instalaciones sobre suelo, se consideran habitualmente distancias del orden de 1 a 1,5 metros desde el borde inferior del módulo hasta el terreno. Asimismo, deben analizarse parámetros como el albedo del emplazamiento, la separación entre filas y las posibles pérdidas por sombreados.
Otra ventaja relevante de esta tecnología es su mejor comportamiento en condiciones de baja irradiancia, como en días nublados o en las primeras y últimas horas del día, donde la proporción de radiación difusa es mayor. El aprovechamiento adicional de la radiación reflejada contribuye a suavizar la curva de generación y a mejorar el rendimiento energético anual.
Desde el punto de vista económico, los módulos bifaciales pueden presentar un coste inicial entre un 5 – 10 % superior al de módulos monofaciales equivalentes. Sin embargo, el incremento de producción anual, que puede situarse entre el 8 – 30 % según las condiciones de instalación, junto con tasas de degradación ligeramente inferiores (en torno al 0,45 % anual frente a valores próximos al 0,55 – 0,70 % en módulos convencionales), permite mejorar el rendimiento acumulado a lo largo de la vida útil del sistema y compensar la mayor inversión inicial.
En definitiva, la tecnología bifacial se posiciona como una solución técnica de alto valor añadido para proyectos que buscan maximizar la eficiencia y optimizar el uso de la superficie disponible. Un análisis detallado del emplazamiento y un diseño integral de la instalación son claves para transformar el potencial de captación adicional en una mejora real del rendimiento global del sistema, reforzando la competitividad de las instalaciones fotovoltaicas actuales.
Más eficiencia, más producción y mejor aprovechamiento del espacio: el futuro de la fotovoltaica también se construye por ambas caras.



